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diariolibre.comNiños obligados a crecer a destiempo

SANTO DOMINGO. Marcos (nombre ficticio) vende huevos hervidos en la avenida Máximo Gómez esquina avenida Bolívar. Vive detrás de los buhoneros que pululan en la calle París, justo después del edificio de la Cámara de Cuentas. Lo vi perderse con una agilidad movida por el miedo por entre los callejones enmarañados de ropa que se vende a 20 pesos. Se escurrió entre aquel hormiguero que escarba entre las ofertas, el agua pestilente, el nauseabundo olor a orina, los bocinazos, la guagua anunciadora, empuñando entre sus manitas la esperanza de que su madre no le pegaría.

Cuando me topé con él tenía manchas blancas en la cabeza. Estaba sollozando. Apenas se ven las lágrimas. Las contiene porque le han dicho que los hombres no lloran. Pero Marcos solo tiene 8 años. Subimos juntos a la guagua, esquivando mi mirada, que hace rato busca descifrar qué le sucede.

-Cobrando-, dice con voz casi amenazante la “pitcher” de la ruta que va hacia San Luis. Marcos la mira y le dice que no tiene dinero. Ella no le cree y le insiste: “Mira muchacho, págame o te apeas”. Yo, que imagino que dice la verdad, le paso los 25 pesos a la mujer que me mira con indiferencia. Es entonces cuando Marcos me confiesa, a modo de agradecimiento. Lo habían asaltado. Dos muchachos (me dice que tenían como 17 ó 18 años) lo golpearon para robarle el poco dinero que había conseguido y destrozado la mercancía que aún no había vendido. Ahora sí lloró. Le temblaban un poco las manos y no levantaba la mirada. La mancha blanca en la cabeza me inquieta. -¿Qué fue eso?- “Me aplataron con el pie en la cabeza cuando me abajé a recoger los huevos... mami me va a dar si llego sin dinero”.

En ese momento, media guagua, incluyendo la cobradora, estaba suspendida en el rostro visiblemente golpeado de aquel niño que apenas acabábamos de conocer. Entre unos cuantos recogimos dinero y se lo dimos. No miento cuando les digo que tuvimos que insistirle para que lo tomara. Se quedó con la mirada en las manos y dijo “gracias” con un tono de voz tan bajo, que apenas yo, que iba a su lado, pude escuchar.

Cuando lo vi serpentear hacia donde sea que quedara su casa, con el puñito cerrado, supe con una seguridad de hierro que no mentía.

¿Qué sucede?

El sentido común nos ha traicionado tantas veces. Verlos en las calles deambular a cualquier hora nos parece normal. Si el cristal está abajo cuando se acercan al vehículo, hay que subirlo enseguida. Cierto, puede ser peligroso, pero no deja de ser triste.

A algunos les incomoda su presencia pero, no precisamente porque no deberían estar trabajando, exponiéndose a toda clase trampas delictivas. No. Se da una resistencia cobarde a que su realidad “ose” contaminar la nuestra. Son un estorbo cuando nos asaltan con su carita sucia y lánguida, sus manitas inquietas para limpiar el cristal del carro o vender algún alimento que les juega una trampa, pues seguro no ha probado alguno durante el día.

Los que usan una caja como herramienta laboral y van por las calles para limpiar los zapatos de personas que podrían ser sus padres o sus madres, hasta fueron una vez imagen representativa nacional para hacer un comercial de televisión. ¡Las paradojas de la vida!

Digamos que quizá en “aquellos tiempos” como sociedad no estuvimos en la capacidad de darnos cuenta del daño que sufren los niños y niñas que se ven obligados a renunciar a su niñez para salir a las calles a trabajar. Pero no es así. Es tan importante que la niñez sea vivida que uno de los principales objetivos que se planteó la Organización Internacional del Trabajo (OIT) cuando fue creada en 1919, fue precisamente arrancar de raíz el trabajo infantil. ¿Por qué? Guarden la clave para descifrar algoritmos. Es simple. Se les niega la oportunidad de ser lo que son, niños.

Noventa y siete años después, las Naciones Unidas registró que 215 millones de niños trabajan en todo el mundo, la mayoría a tiempo completo. Eso significa que no tienen tiempo para jugar ni para ir a la escuela. La ONU especifica cómo más de la mitad sufre abusos, esclavitud, y se ven obligados a practicar actividades ilegales como el tráfico de drogas y la prostitución, y en algunos países, involucrarse en conflictos armados.


Fuente:diariolibre.com | 26/6/16 7:48:00 a. m.

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